jueves, 29 de noviembre de 2007

Cuento 1: La notita musical

“El hombre es el verdadero creador
de su destino. Cuando no está convenido
de ello no es nada en la vida.”
Gustavo Le Bon


En una tarde acogedora de campiña, la hiniesta despertaba al conjuro de la brisa vespertina. Una suave alfombra de verde césped cubría la loma norte, donde se erguía sólida, de corte majestuosa durante generaciones, una pequeña mansión de corte burgués. Ladrillos mas, recuerdos menos, la mansión conservaba casi intactos, al menos en la forma, algunas habitaciones, enseres, olores, sonidos, anhelos quebrados, siendo uno de estos, un piano de cola, adquirido por una tía o un abuelo soñador, melómano, y conservado por el desinterés de una casta indolente.
Pudo ser casualidad...
Ahora es habitado por almas solidarias, inquietas, ardillas, mapaches, colibríes. Como quiera que sea, un árbol protege el sur de la mansión, justo encima de la sala donde se encuentra el piano. Una pareja de ardillas terminaba su recolección de bayas, transportándolas por una rama nervuda y fuerte a su hogar. Al guardar la última, una de ellas divisó un racimo olvidado en la rama adyacente a la primera.
Avisarle a su compañera y saltar juntos a la rama vecina fue uno. Como también lo fue el romper la rama y caer encima del techo. Quedarónse tranquilas por unos instantes. Se miraron sorprendidas. Se reincorporaron y encaminaron a la orilla. Pero la caída continuó. Unas tejas se aflojaron por la fuerza del impacto y cedieron ante el movimiento.
Cayeron sobre el piano. Un golpe seco, armónico fue el único sonido que se escuchó. Nuestras asombradas y algo mareadas amigas, después de sacudir nuevamente sus cabezas, examinaron el lugar. El reciente orificio en el techo permitió inundar la habitación de luz pura, nueva. Algunos pedazos de vidrio y espejos en el suelo, posiblemente partes de un vitral o un gran espejo biselado, provocaron un estallido de hacer luminosos en diversos colores y tonos. La habitación cobró, con gran felicidad de nuestras amigas, una áurea de sosiego irreal.
Una de las ardillas siguió con rápidos movimientos de cabeza, uno de estos haces luminosos, la otra se rascaba la nariz. Estaba asombrada.
Finalmente, el blanco marfil del teclado, brilló con luz de vida. Tal vez. Como si fuese parte de un designio secreto, el que permitió dejar casi intacta el arpa del instrumento. Tal vez...
Nuestras inquietas amigas curiosearon el pequeño río blanco de marfil. Una seguía rascándose la nariz (¿no sería mejor la cabeza?), la otra se inclinó un poco. Un poquito nomás.
Sigue la caída.
Cayó sobre una de las teclas. El efecto fue maravilloso. Por gracia de la naturaleza y el tiempo, una cuerda, sólo una, se encontraba tensada y afinada. La tecla sobre la que cayó nuestra amiga, en vieja costumbre, articulo el martillo, golpeando la cuerda.
Siguió un silencia. Muy cortito.
Siguió un nacimiento. Sonó una nota. Había nacido el sonido en una notita.
Irguiendo su moñito, levantando su cuerpecito de bastón, atravesó la tapa del piano, siguió la luz que entraba por el techo y se elevó en el calmo espacio.
Abajo, alguien sacudía, una vez más, su adolorida cabeza, y otra, dejaba de rascarse la nariz. Pero abrió sus enormes ojos y pareció verse una leve sonrisa. ¿Por qué no?.
La notita siguió elevándose. Y pensó :
-¿Qué es lo que estoy haciendo?. ¿Dónde estoy ahora?.
Entonces una suave brisa la tomó con suma delicadez y se la llevó con dirección al mar.
-Veamos. Yo tengo un deber que cumplir. Lo presiento. Pero, ¿Cuál será?. ¿Habrán más como yo o seré la única? - pensaba la notita.

Cerca de la playa, creció una ciudad de sosegadas costumbres. Sociedad sin bandera. Ciudad abierta.
El aire que se respiraba era emotivo. Un bello acontecimiento estaba por suceder. Del otro lado del océano, vino una gran orquesta para compartir emociones. Se prepararon carruajes de gala, vestidos de lino y seda y dulces. Muchos dulces. El concierto sería al atardecer en la Sala Municipal.
La gente comentaba. Se preguntaban. Se preparaban.
Silencio. El Director.
Paso firme y sencillo. Batuta en mano, listo para comenzar.
¡Ahora!.
Como una suave cascada invertida, empezaron a subir las notas musicales. Blancas y morenas, gorditas y flaquitas, en grupo o solas. Pero todas en orden y bien risueñas, tomadas de la colita o del mechoncito.
Claro, a algunas las llevaban en brazos. Esas son las redondas. Si no, ¿cómo unírseles?.
Sobre la campiña, la ciudad. En ella, el Salón Municipal. Del interior, y atravesando el techo y pisos, una columna de notas y notitas. A lo lejos, un puntito. ¿Un puntito?. ¡No!. ¡Es nuestra notita!.
Ella había ya divisado a sus hermanas y trató de correr o ir más aprisa, pues las notitas no tienen pies ni brazos. Tenía que alcanzarlas antes de que el concierto termine, pues sino, se quedaría muy sola. Sólita.
Dentro de la sala, ajeno al drama aéreo-musical, el director estaba por terminar.
Faltaban unos cuantos compases. De pronto, levantaron los brazos bien en alto. Cerró los ojos.
¡Terminó!.
¡Y el milagro emocionó!.
Justo después de las notas finales, cuando atravesaban estas el techo, e iniciaban camino al aterpeciolado cielo vespertino, la notita llegó. Y soltó su sonido a la vez que se elevaba con sus hermanas.
-¡Viva!. ¡Viva!. ¡Lo logré!. ¡Viva!. - pensó la notita.
Abajo, en la sala, los músicos atónitos. El Director molesto. ¿Quién tocó esa nota extra?. Pero fue tan bello ese sonido aislado, tan puro, que todos los oyentes no pudieron aplaudir, ni vitorear.
Una lágrima corría por sus mejillas.
Arriba, en el rosado cielo, había una notita que revoloteaba de contenta. Abajo, en la loma sur, eran dos las que se rascaban la nariz.

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