domingo, 3 de junio de 2007

Cuento 16 : El día que me olvidó

Siempre tiene que existir un ejemplar
de mi especie, de lo contrario se extinguiría
la revolución y la lucha de la fantasía
contra la maldita "realidad".
Hermann Hesse



De alguna manera, pude darme cuenta, de que en este día las cosas iban a tomar en camino diferente de lo habitual. Es por ello es que no tuve conciencia de lo que sucedía sino hasta que llegó la tarde y con ella noté que faltaba parte del día, es decir, no tuve mañana. De alguna manera pude perder casi todo un día sino me fue hubiera dado cuenta por la tarde, de que no tuve una mañana normal. ¿Cómo me di cuenta de ello?. No estoy muy seguro, lo que sí sé es que no podía recordar lo que había hecho durante la mañana. Trataba en vano de lograr recordar los acontecimientos, pero lo único que venía a mi memoria y a mi persona era la sensación de que había perdido casi ocho horas. Yo no llevo una vida precisamente habitual, sino más bien, una vida desordenada y con muchos matices de irregularidad, lo que me permite obtener una satisfacción al final del día, de haber hecho muchas cosas que no había pensado antes y que de igual manera las he disfrutado mucho.

Curioso es, que en esta parte, tenía la extraña sensación de que no iba a gozar de la sensación benefactora de haber hecho algo diferente, fuera de lo habitual. Esto ya me estaba preocupando, aunque admitía que también era algo fuera de lo habitual él sentirme incómodo con las cosas que yo había hecho o dejado de hacer. Sin embargo el no poder justificar la falta de memoria, era algo que ya estaba viéndose un poco más allá fuera de lo estrictamente tolerable para mí. De algo sí estaba yo convencido, y era de que este día si era muy, muy diferente a lo acostumbrado..

Logré después de algún tiempo, recobrar la tranquilidad y la conciencia de que estaba yo donde estaba, es decir, en mi habitación. Era una sensación como de estar huyendo de algo o de alguien y no saber precisamente porque era que estaba huyendo y si esa era la realidad. Huir no es precisamente una característica de mi personalidad, algo ya conflictiva de hecho. Sin embargo, debo de admitir nuevamente de que esa palabra, huir, refleja, o más bien reflejaba, la exacta descripción del sentimiento que me estaba embargando.

Por ello es que también estaba empezando a asociar un poco de temor, sin esperar creo yo, que se convierta en miedo. Sabía que la noche estaba al llegar, porque el cielo estaba anunciando con su cambio de color y matiz la cercanía de la misma. Lo único que me mantenía esperanzado de poder solucionar este conflicto, era de que yo me he reconocido como una persona noctámbula, hijo de la noche y hermano de la soledad. Por ello es que el llegar de la noche no era algo que me atemorizara habitualmente, pero este día, reitero, no es un día habitual.

Yo no vivo solo si no con mi hermana, pero este fin de semana, la pasaría sin ella porque había ido con unas amistades a acampar a la playa, y aunque ella me había invitado, decliné porque sabía que podía hacer algo más interesante aunque estuviera haciéndolo sólo. Y no me equivoque. Curiosamente no pude encontrar ninguna referencia del tiempo o del día en que me encuentro. En la radio no daban indicio de la hora, ni referían la fecha del día de hoy. Tampoco estaba seguro, digo estoy, de que fuera viernes o sábado, porque no encontraba yo la diferencia normal entre un día y el otro, entre el inicio y la festividad normal del fin de semana.

Tampoco pude percibir los ruidos ni los olores acostumbrados a los días de fin de semana, y por la televisión los programas estaban tan cambiados que no pude reconocerlos en un inicio, ni siquiera los de mi predilección. Esto estaba sumando demasiadas coincidencias, pensé, pero dejaron de serlo cuando al asomarme a la ventana de mi habitación, el paisaje me resultó tan extraño y eso que no había cambiado absolutamente en nada lo que yo estaba viendo, si no más bien, seguía siendo el mismo tedioso paisaje habitual y entrañable cuando no lo percibía. La sensación de que yo estaba en otro sitio era cada vez más grande, y la intranquilidad era tan sobrecogedora que no podía evitar el pensar que por la noche tal vez ese momento íntimo del día, sería también tan diferente que desearía no estar en él. Todo esto me estaba haciendo pensar que podría estar a un paso de perder la cordura y el equilibrio emocional e intelectual del que tanto yo me había estado vanagloriando, pero también eso era una posibilidad y no podía dejarla pasar por alto.

Por ello empecé a realizar un examen interno, muy detallado y minucioso sobre los acontecimientos de que si podía tener yo memoria, y la conclusión final era por demás desalentadora. Aunque no soy un médico y por lo tanto carezco del conocimiento suficiente como para hacer una evaluación profesional y exacta, tenía que dar un margen al escepticismo y pesimismo que me estaban embargando. Por ello, el tomar la posibilidad de que estaba yo sufriendo algún tipo de alucinación por estrés o presión, era una carga sobre mi "inquebrantable orgullo" del que tanto me había vanagloriado antes. Sé que estaba yo viviendo una tarde, al menos esa era mi percepción del momento, tal vez única, extraña y por ello, incapaz de poder llegar a una solución, si es que fuera causada por un problema originado por mí o por los acontecimientos que suelo provocar con mis acciones. Sentimiento de culpa era lo único que no podía faltar, en esta reunión de emociones entredichas y conflictivas.

Aún mi pequinesa me resultaba algo extraña, y no era esa sola mi percepción, sino la de ella por medio de su conducta, algo callada y apática. Fue porque no me buscaba para jugar como lo hacía todo los días desde que vino a mi casa. Inclusive cuando le ofrecí su alimento preferido, camote, no lo acepto como lo hacía normalmente, con un estallido de alegría casi humana, y que era por ello que yo le daba normalmente ese alimento como un trato especial simplemente por el hecho de disfrutar un momento de su humanidad.

Su trato conmigo era diferente y eso era un hecho inevitable. ¿Por qué he dicho inevitable?. Lo ignoro. Pero el hecho era como aquellos compromisos de los que uno no puede zafarse, un compromiso insoslayable.

Por todo esto, es que el día de hoy me es tan diferente, pero no indiferente. Las próximas dos horas, traté de encontrar algo que me ubicara en lo habitual dentro de lo irregular de mi comportamiento. Y no pude encontrar absolutamente nada. Tampoco pude percibir cuando llegó la noche, y eso de que no percibiera es una expresión literal del hecho mismo. Sin embargo, tampoco pude notar el momento preciso en que tuve miedo. Trate de calmarme, tomando un poco de leche tibia, pero los resultados no fueron los esperados. Diez a uno a que también pueden predecir lo que voy a contarles: la leche tibia no me sabia a eso, a leche. Su sabor no era desagradable. No era el sabor de la leche tibia. La tomé porque esperaba que me tranquilizara un poco y fuera como un paliativo para poder conciliar la situación pero, el sabor era tan diferente que lo único que logró fue incrementar mi temor y reforzar la convicción de que había entrado en un universo desconocido, un mundo imaginario y peligroso, algo real, algo maligno.

Empezar a considerar la locura como una explicación, se tornó cada vez en una posibilidad sumamente consistente y certera, si lo analizamos desde un punto de vista totalmente imparcial. Y aunque admito que el solo hecho de considerar esta posibilidad me puede estar dando el pase libre a un manicomio, es algo sumamente tranquilizador el saber es que por fin tendré una realidad tangible. Y es que ha pasado tanto tiempo, doce horas, que no he podido reconocer mi realidad, que el hecho de buscar cobija en el insano mundo de los olvidados de la realidad, los hijos del despojó emocional, resulta de pronto una sensación tan agradable como la que uno experimenta al tomar una siesta en el regazo de su madre.

Donde me encuentro, donde está mi realidad. Todo esto no puede estar sucediendo en un plano de existencia lógica, al menos para lo que mi experiencia me ha enseñado.

Estoy dejando de existir. No estoy muriendo, sólo dejó de existir como persona. Pierdo mi autenticidad y nunca podré recordar cómo la disfrute, ni siquiera si la tuve en algún momento. Viene a mi memoria, la poca que me queda, una obra literaria con la que siempre me sentí identificado: El retrato de Dorian Grey una obra que muestra cómo la locura no es un medio para alejar a las personas de la sociedad, sino que es una explicación de una forma de vida totalmente diferente de lo normal. Ahora yo me encuentro con mi espejo, con mi retrato pintado por manos extrañas y no puedo reconocer ningún rasgo ni gesto de mí en ella. Pero por fin me sobreviene la tranquilidad, porque estoy entrando en cognición de un universo totalmente equilibrado. No soy humano y nunca lo he sido. Tampoco sé lo que soy, y eso es lo único que es cierto y autentico. Soy sólo una ecuación que no ha sido resuelta aún, porque tal vez nunca haya tenido la importancia necesaria como para despertar la curiosidad inherente de resolver algo pendiente.

Ningún recuerdo me pertenece, ninguna historia la he escrito, ningún momento lo he vivido. No soy nada. Un todo y vacío al mismo tiempo. ¿Saben?. Aún no puedo recordar cuándo empezó todo ni cuando termino.

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