jueves, 13 de setiembre de 2007

Cuento 9: El premio

“...amaba la soledad, y la amaba de
tal modo, que algunas veces hubiera deseado
no tener sombra, porque su sombra no
le siguiese a todas partes.”
Gustavo Adolfo Bécker


Tengo un inicio vacío y un final incierto. Soy origen de muchos sueños y varios ideales. Por mi, pueblos enteros han sacrificado la flor de su progenie, con el sólo fin de que decida habitar entre ellos.
Tengo un valor inestimable y también el derecho de nagarme. No tengo un nombre, sino miles.
Pero, aunque no tengo inicio, tengo un origen. Para ello es necesario remontarnos a la época de las leyendas.

Cuando el mundo era puro, pero enérgico, el hombre estableció tres divisiones : los Divinos, los Elegidos y los solicitantes. Los divinos eran incuestionables, poseedores de todo lo creado y por crear. Sus dominios no tenián ni tiempo ni dimensión. Eran seres indescriptibles e inmortales.
Los Elegidos, muy parecidos a los Divinos, sólo adolecen de dos limitaciones sutilmente marcadas : no son dueños de nada, aunque puedan hacer uso de los dominios de los Divinos, y deben poner una condición a su existencia, para ser diferenciados. Así, unos pusieron como límite a su existencia el nacimiento de valores y la erradicación de defectos. Ser Elegido hasta que el hombre entienda tal o cual cosa, hasta la generación de bronce, hasta el primer odio....
Los Solicitantes, son los demás. Forman la masa consecuente de los otros.
Los obedientes siervos.
Pero no existía el yugo. Los elegidos marcaban las épocas con sus condiciones. El hombre pudo distinguirlas y así poder evolucionar.
Hasta que sucedió lo inevitable. Lo pre-destinado. Sucedió que un Solicitante logró reunir los méritos necesarios para poder ser convertido en Elegido. Llegado el momento, los Divinos se hicieron oír.
-Solicitante. Has caído en bien frente a nosotros, los Divinos. Desde hoy, tu existencia será más rica y fructífera. Pero, como sabes, se te exige una condición.
-Divinos, -repuso el solicitante elegido, -mi condición es la siguiente : servirlos hasta que el amor humano quede en el olvido.
Un silencio total, irrepetible, fue la replica divina.
-¡Mortal!. Tu existencia podría ser virtualmente eterna. Aún por encima de nuestra inmortalidad. ¿Es eso lo que solicitas?.
-Si.
-Así sea. Por tu bien, así sea.
Y fue así que este mortal llegó a ser virtualmente inmortal. Gobernó los territorios de su condición, alimentado por el amor de los Solicitantes.
Pero, la condición solicitada, aunque había sido pensada anteriormente, nunca nadie trató de equipararse a los Divinos. Esto despertó la envidia de los demás Solicitantes. Vieja emoción, eterno fastidio. Un aliciente más fue el hecho de que el Escogido no era un buen intermediario.
El pueblo se fue sublevando paulatinamente. Primero fueron manifestaciones aisladas. Tímidas. Luego, sublevaciones ante los templos a cargo de los Escogidos.
Finalmente sobrevino la guerra entre los Solicitantes que apoyaban a los Escogidos y los contrarios. Fue una guerra convenida ante el temor, viejo aliado de la inconsecuencia. Se tenía que destruir al Escogido de tan atrevida condición. La sangre de inocentes espectadores involucrados en la vorágine de las pasiones primitivas, aún a los de divina condición, regó el suelo que alguna vez los mantuvo al abrigo de un nogal olvidado, ora arrancado de su tiempo. Hasta que finalmente se logró el objetivo : el odio dominó el mundo, y con ello, el amor fue desapareciendo.
Y el Escogido agonizaba.
Y el Escogido murió. Y con Él, murió el único lazo con los Divinos, pues la guerra separó a los pueblos, a las naciones.
Fue necesaria una etapa de silencio. Los Divinos evaluaban los hechos. ¿Serían co-responsables de ellos?.
Se sentían culpables. El hecho era que no habrían más Elegidos, pues los Solicitantes estaban impregnados de odio. La estirpe de los Solicitantes estaba a punto de desaparecer.
Como resultado de las confrontaciones, hubo el nacimiento de una nueva estirpe. La de los Guerreros. Raza sedienta de enfrentamientos y sangre. Propia y ajena...
Los Divinos se vieron forzados a intervenir. Y enviaron un emisario en busca del Equilibrio. Este emisario llegó al mundo en forma de natural, no de guerrero. Emprendió viaje al sepulcro del último Escogido. Tuvo que pasar por aldeas completamente arrasadas, y campos de verde nostalgia ante el mar de desolación y rojiza tierra, embebida de sangre.
En una de ellas, encontró a un joven sacerdote, velador de costumbres pérdidas en la memoria.
-La Unidad, padre. ¿Dónde puedo ubicarla?.
-Eres el primero que me inquiere por el sepulcro del último Escogido. ¿Quién eres tú?.
-Alguien fuera de tu entender.
-¡Por la unidad divina!. -exclamó el sacerdote francamente sobrecogido, -¡Eres un Divino!.
-La Unidad, -insistió el Divino, -pues ni aún los divinos podemos saberlo todo. No debemos. Además su condición es especial.... Ayudame por favor.
-Divino, sólo puedo decirte, que una emoción contraria atrae a su elemento a la Unidad.
-Entiendo. He de ir entonces, al Valle de los Guerreros.
-Ten cuidado, Divino. Este no es tu entorno.....
Y el Divino se encamino al Valle de los Guerreros, en busca del sepulcro del último Elegido. Pasaron cinco dias antes de que llegara al valle. Pese a su presencia mundana, el aura divina lo delataba. Caminó al centro del valle, rodeado de guerreros.
-Vengo por la Unidad de la Condición.
-Retírate, extraño ser. Nuestra unidad es la fuerza de la espada. –respondió el líder con atemorizante calma, fruto de su seguridad en la empuñadura de su espada.
-No hay, entonces, forma de evitar el conflicto.
Y el Divino luchó sin armas con el guerrero. Este, aunque le hería y laceraba, no le causaba daño físico. Sin embargo, era su odio lo que le debilitaba.
Intempestivamente, el suelo empezó a abrirse, con gran estruendo. Una cripta de oro emergió. Cubierta de joyas de variados colores.
-¡La Unidad!. –exclamó el Divino.
-¡El sepulcro!. ¡Debemos destruirlo!. –exclamó el líder, avalanzándose espada en mano.
-¡No debe ser tocado por el odio!. –gritó el Divino.
Y corrió tras el líder. Ambos cayeron estrepitosamente al suelo. El Divino arrancó de la mano del guerrero su espada y gritó con voz de trueno :¡Unidad!. ¡Haste visible ante mí espíritu!.
Y la cripta se abrió. E inmediatamente la lucha cesó. Una ola de tranquilidad invadió el valle. Todo era más hermoso ante los ojos. La sangre fluía con fuerza por las venas. El aire era más puro.
Pero fue sensación de instantes. Así como apareció, desapareció la cripta, sumiendo en una gran consternación y depresión a los habitantes del valle.
Hubo llanto. Y el divino, reincorporándose, habló así :
-De ahora en adelante, donde impere el odio, la condición será liberada. Hasta la restauración del equlibrio, la condición estará sujeta al odio humano.

Y es así que se luchó y mató por buscarla. Y siguen haciéndolo. Crean matanzas y odios por nada, pues se espera que la condición aparezca.
Soy el último Elegido. La Condición única.
Me suelen llamar... Paz.
¿Acaso no se mata en mi nombre?.

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