viernes, 2 de noviembre de 2007

Cuento 3: Poemas

“Nada hay que no merezca ser visto,
por lo menor una vez; cuanto más se ve,
menos peligro se corre de asombrase
y admirar sin razón.”


Todo empezó a la salida de la Exposición Anual del Condado. Este año hubo más variedades y entretenimientos que el año pasado. Sin embargo, el esperado stand de libros y manuscritos antiguos, fue clausurado intempestivamente.
Fue una gran desilusión. ¿Qué sucedería?. Si hasta ayer estuvo atendiendo al público.
Soy un amante de las antigüedades. Pude enterarme que en la exposición, iban a ofertar libros de una cofradía cuya antigüedad se pierde en los pasillos de los obscuros sentimientos humanos. Se participó que sólo venderían algunos libros y colecciones, pero que la atracción principal, sería unos mamotretos de colección.
Al menos eso se dijo. De todas formas, ese stand fue clausurado. No había pues, motivo para dilatar más mi estadía.
Tomé el sendero que cruza el bosque carmesí, llamado de esta forma, por los cedros de abundantes follaje, rumbo a mi casa. Era poco más de medio día. Estaba mortificado por lo acontecido, que no me percaté que había tomado el viejo camino, el que pasa por el Castillo. Sólo cuando llegué al claro donde un puente de piedra blanca domina el horizonte, reparé de mi equivocación.
-Primero los libros. Ahora caminar más de la cuenta. ¡Que día!. Menos mal que no hace mucho calor. - exclamé a media voz, algo avergonzado de mi distracción.
Pero, a lo hecho, pecho. Crucé el puente y pude observar frente a mí, el Castillo. Pensé recuperar, tanto el tiempo como la distancia perdida. Me salí del sendero y me fui a campo traviesa. Conocía bien la zona, pues yo nací aquí y nunca emigré a otros lares.
Caminé como unos cien metros, cuando para sorpresa mía, divise el Castillo por entre los árboles. Sonreí ante lo que consideraba un inocente error de orientación. Me desvié a la izquierda, y pude ver como el Castillo se ocultaba entre los árboles a medida que avanzaba.
Pero, cuando desapareció completamente de mi vista, volví a divisarlo nuevamente, enfrente de mí, entre los árboles. Un ligero escalofrío desnudó mi evidente temor. ¿Qué era lo que me pasaba?. Tomé mi derecha y corrí. Fui muy rápido y logré avanzar como doscientos metros, cuando me vi obligado a detenerme en seco. El Castillo estaba delante.
Di un grito ahogado. Empecé a retroceder sin dejar de ver el Castillo, lentamente, cuando choqué con lo que supuse era un árbol. Volteé raudo y quedé inmóvil. Con lo que había chocado era con la gran puerta de madera y metal del Castillo.
La estuve observando un momento. Luego me deje caer en el césped del suelo. Estaba agotado.
Empecé a sollozar. No podía ni creer ni entender lo que estaba sucediendo. Simplemente era imposible lo que parecía estar aconteciéndome. Volteé a buscar el Castillo que supuse había estado dejando atrás, y sólo vi follaje y los breznos en burlón movimiento.
Recién entonces me percaté que el cielo se había obscurecido y que las estrellas titilaban. Tampoco eso era posible. No había pasado ni cinco minutos desde que choqué con la puerta. Y yo no me había desmayado en ningún momento.
No sabía si aguardar los acontecimientos o llamar a la puerta. Tampoco entonces tuve que esperar mucho.
La puerta estaba abierta.
¿Desde cuándo?. No lo sabría decir. De verdad.
Respiré profundo y entre lentamente. Los muros por afuera, eran de piedra blanca, por dentro, como de cristal opaco. Parecía que dentro de cada piedra y ladrillo había una luz. El efecto era sobrecogedor e irreal. Muy irreal.
Me volví para ver el bosque, o para darme ánimo. No había puerta. ¡Sólo un muro de cristales opacos!.
Mi temor era evidente. Tanto como mi impotencia. La sala donde estaba era enorme, con varios arcos que eran umbrales de escaleras. En el techo, había una gigantesca pluma de ganso, de las usadas para escritura.
Estaba hecha de un metal plateado brillante.
El piso, del mismo cristal opaco que las paredes del castillo, reflejaba fantasmalmente la pluma. Me sentí desconcertado. Decidí ir por una de las escaleras. Cuando me enfrenté a una de ellas, no pude distinguir el final. Tomé aliento y empecé a subir de dos en dos. Yo vi que avanzaba, pues los muros a mi costado se movían.
¿Serían cinco minutos?. Lo ignoro, sólo sé que me empezaba a cansar. Me detuve y volteé para ver cuento había avanzado. ¡Sorpresa y pánico!. !Sólo había subido una grada!. Salté de inmediato al piso, y me dirigí a otra escalera.
A la carrera subí. Estaba por ver detrás de mí, cuando vi una luz enfrente. ¡Por fin!. Si, era una puerta. Di dos brincos y atravesé el umbral. Sólo tarde unos instantes para darme cuenta de que regresé al mismo sitio de partida.
Volteé a buscar la escalera, por donde subí. Sólo había un muro de cristal opaco.
¡Grite!. Fue un grito sin sonido, ni color. No pensaba. Sólo temía.
De pronto, vi una sombra a través del muro. Corrí en su dirección hasta toparme con el muro. Golpeé el muro al mismo tiempo que gritaba :
-¿Quién es Ud. ?. ¿Qué daño le he hecho?.
-Tú buscabas mis libros, ¿no?. ¿Por qué?. -respondió con calma una voz bien articulada.
-Soy coleccionista. ¿Quién es Ud. ?. -respondí entre sorprendido y temeroso. ¿Sus libros había dicho?. ¿Qué quería darme a entender?.
-Pues da la casualidad, de que yo también soy coleccionista...
-¡¿Cómo? !.
-Sí, mi amigo. Yo colecciono historias...
-No le entiendo -respondí francamente asustado.
-Historias de temores...
Una sombra me llamó la atención. Al voltear, vi la pluma que escribía mi nombre en el piso. Otra sombra me hizo mirar al techo. Era como si estuvieran cerrando un libro y yo estuviera dentro.
¡Dios!. ¡Yo estoy dentro de un libro!.

Al día siguiente, el stand de libros y manuscritos antiguos reabrió. Tal vez la gente no se dio cuenta, pera en la colección, había un libro más. Sólo uno más.

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