martes, 13 de noviembre de 2007

Cuento 2: Sonata

“Lo esencial para la feli-
cidad de la vida es lo que uno
tiene en sí mismo.”
Schopenhauer


Tenía casi todos los años vividos. El camino andado que no puede ser caminado de nuevo. Se erguía altivo aún frente a los tiempos venideros, con la dignidad del orgullo herido.
Tenía la edad de la meditación. De los sueños diferentes.
Regresó a la pensión faltando pocos minutos para el desayuno, después de su habitual caminar por el sendero silencioso, carente de compañía, que realizaba diariamente por el malecón, en busca de lo perdido y de lo ignorado. Como siempre. El saludo al portero fue acompañado con una leve pero fresca sonrisa. El patio tenía un leve resplandor debido a la suave brisa marina de la mañana. Las flores ya habían abierto sus ventanas al sol y los inocentes pequineses, empezaron a mover sus pequeñas colitas, enrumbando a la cocina en busca de la mano blanca que los estuvo alimentando desde que nacieron.
Al subir los peldaños que separaban su habitación del mundo terreno, pensó que hoy podría terminar de leer el periódico que encontró en el parque días atrás.
Hoy, los escalones no chirriaron a su paso, como si mostraran respeto.
Al llegar a su habitación, la tranquilidad regresó a su rostro, presa de la tensión debido al esfuerzo por subir la escalera. Se sentó cerca de una mesita que le servía como un pequeño buró aristocrático. Encima, lo que más llamaba la atención, era la pequeña vitrola.
Como es la vida. Conforme más sabios y sensibles nos volvemos, con la consiguiente vejez, más nos encogemos. Debe ser por ceder espacio a los que vienen.
Y como a nuestras pertenencias más preciadas les profesamos amor y cuidados, al igual que uno, también parecen paras inadvertidas.
Tenía sólo dos discos de pesado acetato, con un gran sello en el centro. Uno de ellos era una grabación sinfónica muy densa. Él me confesó que la ponía para darse aires intelectuales. Cuando las visitas...
Ese disco estaba casi nuevo.
El otro, una sonata, de un compositor olvidado. Su belleza es campesina, pero de sencillez notoria. Pocas notas y mucho sentimiento. Esta grabación sólo la oía cuando la tristeza le nublaba el pensamiento y sumía en penumbra su accionar.
Ese disco estaba gastado.
Pero él recordaba muy bien cada sonido. Su mente, al oír la grabación, actuaba como un filtro : sólo las emociones podían penetrarlo. Las impurezas, no.
Echó a andar la vitrola. Escuchó.
Soltó una lágrima y un quejido suave. Ladeó la cabeza y busco con la vista el disco que giraba. ¿Qué le estaba sucediendo?. Antes no le había emocionado tanto.
A su nublada vista, regresaron las imágenes de antaño. Lugares, momentos y personas, llenaron su espacio. Rostros felices y serenos; lugares tranquilos. Entonces, ¿por qué esa presión en el pecho?.
¡Es que la música era otra!. Más llena, calma y con menos notas. ¿Cómo es eso posible?.
De súbito, la ventana se entreabrió. Eran dos gaviotas que regresaban del mar. En la entrada, un conejo blanco como la nieve.
Entonces, comprendió. Sonrió.
Hoy, por la noche, otro ocupará su habitación.

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