viernes, 3 de agosto de 2007

Cuento 12: El Pianista que tocó y nadie escuchó

“Donde la Poesía se detiene,
comienza la música.”
Alfonso Karr


Nunca pensé que el cuarto de la azotea estuviera tan sucio y lleno de objetos tan diversos. Mis abuelos viajaron mucho, y tenían la costumbre de traer recuerdos de los lugares donde estuvieron. El viejo baúl de cuero repujado por la polilla, cubierto de moho, despidió un suave olor a papel y tinta. Eran varios pergaminos, cuadernos y libros, sin color definido.
Todos eran, o bien grandes, o bien muy ornamentados.
Todos, excepto uno.
Este era chiquito y con muchas hojas. Estaba atado con una cinta negra. Por todo esto lo tomé y me asombré de lo pesado que era. Era muy pesado en verdad. Desaté la cinta y desenrollé las hojas de papel. Eran hojas de música, y dos cartas. Una era de mi abuela para mi Mamá; la otra, era un conjunto de nombre de libros, creo, u obras musicales.
Estuve ojeando la música y comprobé que eran para violoncelo, aunque parecía que formaba parte de una obra orquestal, por los compases de silencios que tenía.
Les quité el polvo y bajé con ellos a mi cuarto.
Yo toco un poco el cello, aunque mi fuerte es el piano. Saque mi cello y coloque la música en el atril. Afiné mi instrumento.
Tome el arco y toque unos compases. Melodía triste y sincera era la suya. Hasta tuve la sensación de que oía a la orquesta. Claro que mi imaginación era la que construía la forma. Pero con todo, el conjunto resultaba muy hermoso. Empezó un crescendo hasta llegar a un gran fortissimo.
Y repentinamente, el sonido lleno de la orquesta, retumbó en mi cuarto. Sentí el sonido golpear mi cuerpo. Caí de espaldas pesadamente (soy de contextura gruesa, no soy gordo). Estaba asombrado y algo aturdido. Que buena imaginación la mía, pensé. Sin embargo, al reincorporarme, tuve la sensación de que varias personas me estaban observando con curiosidad.
-Hijo, es hora de almorzar -llamó familiarmente mi madre. Dejé el cello y bajé al comedor. En la tarde continuaría.

Ya en la tarde, estando solo en casa, me puse a tocar el cello. Nuevamente llegó a mis oídos la bella masa orquestal de antes. Esta vez, sin embargo, no me dejé sobresaltar por el fortissimo. Toda la construcción musical era bellísima. Cerré mi ojos para una mejor concentración.
-Jovencito. Ud. , el novicio del violoncelo -dijo una voz autoritaria pero dulce a la vez.
Abrí mis ojos y di un grito muy fuerte, al tiempo que perdía, nuevamente, el equilibrio.
En mi cuarto, lo reconocí por las pareces, aunque su tamaño es ahora inmenso, se encontraba toda una orquesta. Y el que me dirigió la palabra, ¡era el Director!.
-Jovencito, -continuó hablando en su paternal tono, -Ud. esta desafinando y se sale del tempo. ¿Esta seguro que usa el instrumento adecuado a su talento o capacidad?.
-Esto no esta sucediéndome…-murmuré.
-Tal vez sepa tocar otro instrumento…
-El piano. -musité.
-Bien. ¿Entonces tocaremos un concierto de Brahms?. ¿Dónde esta el piano?.
-En la sala. Abajo.
-Bien, le esperamos. No tarde mucho por favor.
La orquesta se desvaneció paulatinamente, en degradé de colores bellos. Yo no podía creerlo. Sin embargo bajé. ¡Sorpresa!. (?). La orquesta estaba en la sala, ordenada como en una sala de conciertos. El piano estaba abierto y el Director al costado.
-¿Podemos empezar jovencito?. ¿Le parece el de Re menor?.
-Pero yo nunca estudié ese concierto, y además…
-Ya veo. Pero lo ha oído, supongo yo.
-Sí.
-Lo conoce, entonces.
-Sí.
-Eso es suficiente. Siéntese al piano y espere mi orden, por favor.
-Pero…
-¡Ah, ah, ah! -dijo el Director, levantando graciosamente un dedo.
Aún no se porque me senté. La música empezó. Me asusté, pues temía que el volumen atrajera a vecinos y curiosos. Pero nada pasó. Sin embargo, el pensar en estos detalles no me hizo olvidar mi parte. Lo sorprendente fue que empecé a tocar como un concertista.
¡Mis manos tocaban una obra que nunca habían estudiado!.
Su interpretación (hmm, la mía supongo), me resultó familiar.
Era un acontecimiento maravilloso. No podía creer que yo lo hacía. Miraba al Director y vi su gesto de complacencia.
-Hijo, ¿qué haces ahí sentado moviéndote de un lado a otro?.
-No lo ves, estoy tocando un concierto. -refunfuñé por la interrupción.
-Estas loco, loco. -rió mi madre. Yo miré al Director, y él me guiñó un ojo. Si hasta me obsequió una sonrisa. Cerré los ojos, como queriendo absorber el momento.
Al abrirlos, no podía dar crédito a lo que mis manos hacían en el teclado de nuestro piano de media cola. Levanto la vista. Por increíble que parezca (no mucho para mi), la casa no tenía ni techo ni paredes, solamente el piso le sobrevivió. Estabamos en medio de un claro de un bosque de enormes cipreses. Pero, como reitero, esto no me sorprendió. Bien podríamos estar en una tranquila playa, o en cualquier lugar del mundo.
Ahora, todas las noches bajo a la sala y ejecutamos un concierto diferente. Hoy es el turno de Mozart.
Ah, abuelitos……

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