lunes, 13 de agosto de 2007

Cuento 11: Molto perpetuo

“La atracción del peligro radica en el
fondo de todas las pasiones profundas.
No hay voluptuosidad sin vértigo.
El placer mezclado de temor embriaga.”
Anatole France


Mi historia se remonta a la época de los sonidos indefinidos, cuando el sonido tomaba forma y color. Mi nombre es Ishtar Epras, el generador de épocas y mundos, de universos y del tiempo, nombre dado por los supremos sacerdotes. El nombre mundano que se me dio fue el de “El que no Siente”.
Soy un ídolo de bronce forjado. Mi forma es la de tres triángulos unidos por un lado común, formando una suerte de estrella de tres picos, con tres cavidades triangulares. Mis adoradores fueron muchísimos. Pero mi era llegó a su descanso. Mi templo fue absorbido por la jungla natural y la artificial. Estuve oculto a los ojos inteligentes por espacio de varios sueños.
Hasta hoy.
Porque hoy es el momento de despertar…

El arqueólogo, delicadamente logró retirar la primera piedra. Un ligero sonido, casi imperceptible, trajo la sensación, más perceptible, del primer aire, de la inhalación de vida que tomó la bóveda en su brusco despertar. Al asomarse, no pudieron distinguir mucho. Minutos después, cuando la vista recuperó su presencia, lograron entrar con confianza, y algo de temor inexplicable en personas de tanta experiencia. El recinto era austero, pero imponente. Dos canastillas de soga y una piedra con lado llano, donde descanso, donde duerme el Ishtar Epras, el que no siente.
-Creo que esto no es lo que buscábamos, -dijo el guía.
-Yo creo que si lo es. -respondió el arqueólogo.
-Pero no es lo que esperaba. Es decir, esto es muy pobre para ser el templo de alguien, de lo que fuere..-dijo la mujer, vástago intelectual y carnal del explorador, de profesión similar.
Al levantar la tapa de una de las canastas, se vio el contenido : algunos pergaminos en blanco. El otro canasto tenía varias varillas de cedro, tan delgadas como un lápiz.
El arqueólogo se acercó a la piedra y observó el ídolo de bronce. No tenía inscripciones en su superficie. Sacudió el polvo con delicadeza, como pidiendo permiso.
-Extraña forma para un ídolo, padre.
-Aún dudo que este sea el lugar, Dr. -exclamó el guía, apoyándose en la pared más cercana.
-¿Qué es esto?. -exclamó la mujer acercándose al guía. Al costado suyo, en la pares, se veía una silueta en bajorrelieve. Acercó la lámpara para observarlo mejor.
La mujer ahogó un grito.
La silueta era idéntica al guía.
-Es increíble -dijo el guía al mismo tiempo que se acomodaba a la silueta.
-¡No lo haga!. -gritó angustiado el Dr., estirando su brazo para sujetar al guía. Pero el guía fue literalmente tragado por la pared. Extrañamente la silueta, paso de bajo a altorrelieve.
-¡Chico!. -exclamó la mujer mientras miraba sorprendida la silueta, -¿Logras escucharme?.
-Si Srta. -resonó una voz en la bóveda, sin poder determinar su punto de origen. -¿Por qué es que esta Ud. gritando, si estoy frente suyo?.
-Pero si fuiste tragado por la pared…..
-¿Cómo?. Pero si aún no hemos entrado.. ¿Qué es lo que esta sucediendo?.
-Pero si….. -balbuceó la mujer, con un aire de desorientación muy marcado.
-Srta., ¿Se encuentra bien?. Se ha puesto pálida.
Ni el Dr. ni su hija daban crédito a lo que estaban escuchando. El guía había desaparecido. Eso era un hecho. Pero donde quiera que el estuviera, parecía haber retrocedido en el tiempo. No obstante el Dr., adoptando una postura serena y concordante con el clima de desconcierto reinante, formuló una pregunta.
-Muchacho, dime, ¿qué es lo que sostengo en mi mano derecha?. -dijo al mismo tiempo que levantaba una de las canastas.
-Pues una canasta. Dr., por favor…
¿Cómo era posible que el guía estuviese viendo un objeto que no tenían antes de entrar en la bóveda?. Pero era definitivo que los podía ver. Pero, ¿desde donde?.
-¿Por qué su asombro Dr.?. -inquirió el guía.
-Escucha bien muchacho. Mi hija y yo estamos dentro de la bóveda. Mueve la piedra del muro marcada con un triángulo.
-¡Pero si eso es lo que esta Ud. haciendo!.
-¡Padre!. ¡Mira detrás tuyo!.
Y efectivamente, en la pared opuesta a la de la silueta, una piedra fue retirada. Un rostro se asomó por el espacio dejado.
Era el Dr.
El Dr. que estaba en la bóveda lo miró (¿se miró?) incrédulo. Volvió la vista a la pared derecha por donde ingresaron inicialmente. Aún estaba abierto el pasaje. Su doble, ayudado por el guía, retiró una piedra más. La luz aumentó en el interior.
-¡Dios mío! -exclamó el Dr. ingresante.
-¡Padre!. -balbuceó la mujer que estaba afuera.
-Esto no tiene sentido. -exclamó el Dr. dirigiéndose a su doble en la reciente entrada.
Súbitamente el guía apareció por la segunda entrada, la recién hecha.
Y súbitamente también, la silueta cambió de forma. Sus brazos fueron marcándose más, hasta desprenderse de la pared, levantándose a media altura con las palmas enfrente. Su rostro mostraba agonía causada por un gran esfuerzo y dolor. El guía en la entrada empezó a temblar y sudar.
La silueta empezó a cambiar de alto a bajo relieve de manera intermitente. Como un latido.
De pronto, su cabeza y cuello, se proyectaron hacia adelante con fuerza. Se estaba empezando a desprender de la pared, de su nido. Con un movimiento brusco y enérgico de la cadera, su torso siguió en el esfuerzo, logrando el mismo éxito que sus partes anteriormente desprendidas.
Finalmente, todo su cuerpo logró desprenderse de la pared.
Los que estaban dentro, se resguardaron en una esquina, presas del temor a lo desconocido. A lo presentido. La entidad de barro camino torpemente hacia el Ishtar Epras. Lo tomó en sus manos. Lo levantó por encima de su cabeza, con el orificio central encima de él.
-¡Ishtar Epras, el que no siente ha despertado!. -gritó la forma.
Movió un triángulo doblándolo hacia dentro, repitiendo la operación con los dos restantes. Varios rostros agónicos aparecieron en altorrelieve en las paredes. Una luz rojiza invadió la bóveda.
-¡Ishtar Epras, el que no siente vive!. -gritaron en desordenada secuenca los rostros sin forma y con contornos.
Un ruido ensordecedor sobrevino, acompañado de una luz cegadora. Una explosión sacudió los muros.

Ahora, un hombre de edad madura y una joven mujer, caminan por el desierto asolador. Solitarios.
-¿Qué haremos ahora padre?.
-No lo sé. Debemos seguir buscando a los otros, si existen aún…
Atrás, en la arena, el que no siente descansa.
Lo cubre una fina capa de arena.

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